A Sürréo le temblaba mucho el pulso. No era como jugar al fútbol en la plaza. Patear al arco era facilísimo.
“Pensalo como un tiro al arco,” le aconsejó el padre.
Sürréo tomó un largo suspiro. Se visualizó en la plaza, jugando a la pelota. Visualizó al pájaro. Lo miró unos segundos. Apretó el gatillo. La criatura se desplomó instantáneamente.
“Bien! Bien, hijo! Al fin!” Su padre lo palmeó en la espalda, claramente eufórico porque su hijo, al fin, después de semanas, había cedido y matado una pobre criaturita. “Sabés cómo se llama el pájaro que mataste?”
“No,” Sürréo respondió, tímido.
“Ruiseñor se llama. Matarlo está muy mal visto.”
Sürréo puso una cara de espanto.
Su padre le mostró una sonrisa de oreja a oreja como respuesta. “Tranqui, Jôs. Nadie va a saber. Lo importante acá es que mataste un ruiseñor. Los ruiseñores representan a los inocentes. Si estás dispuesto a matar inocentes, podés matar culpables.”
“Prefiero el fútbol,” Sürréo respondió con miedo, su voz todavía aguda debido a su edad. Tendría, ya no recuerda bien, unos diez u once años.
“Y si te va bien en el fútbol, bárbaro. Pero si no tenés que trabajar con papá, y papá necesita gente de confianza. Como un hijo. Y si trabajás con papá, vas a terminar matando más que pájaros. A veces, lamentablemente, hasta algún ruiseñor.”
“No voy a matar gente inocente,” respondió firme.
Su padre arqueó la ceja de un ojo ante la firmeza de su hijo. Era la primera vez que lo veía plantársele. “Es tu decisión, hijo. Pero la vida muchas veces no te deja otra. Llegado el momento verás. Yo decía lo mismo que vos y a esta altura ya perdí la cuenta de cuántos ruiseñores maté.” Levantó el rifle, apuntó y rápidamente sacó un disparo que mató otro ruiseñor. “Opinión personal, hijo: está bien matar a los ruiseñores porque no paran de romper los huevos cantando.”
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Las pruebas para entrar a las juveniles de Dí Maozöxê eran jodidas. Cientos de pibes probándose a la vez, y usualmente quedaban menos de veinte. Al igual que los otros dos grandes clubes de Rülândéá, Dí Maozöxê hacía sus pruebas de entrada en su estadio, usualmente con bastante hinchas presentes.
Jôs quería jugar a la pelota y escapar un poco de la realidad que venía viviendo los últimos años. Su padre ya lo había ido adentrando en el ‘negocio familiar’, y ya había tenido que arrancar alguna que otra vida, aunque solamente de gente ‘mala’. ‘Frânk’, lo apodaban algunos ‘colegas’ de su padre, porque perfectamente podría haber sido un muy buen francotirador. Donde ponía el ojo, ponía la bala.
Lamentablemente, con todo ese contexto, escapar a la realidad se hacía imposible: si quedaba en Dí Maozöxê, podía abandonar el ‘negocio’ y dedicarse a lo que le gustaba. A muchos de los presentes los intimidaba la hinchada; a Jôs lo intimidaba el prospecto de tener que seguir, cada tanto, teniendo que estar a los tiros.
Fueron pasando las horas y más y más jugadores iban quedando eliminados. Ya quedaban solo treinta: once contra once y una buena cantidad de cambios.
Una cosa que había notado con el pasar de las horas es que uno de sus vecinos de la infancia estaba atajando, y hasta relativamente bien. No estaba como para quedar, probablemente, pero había logrado quedar entre los treinta finales. Lüí Fîrò era su nombre, si no se estaba acordando mal. Había jugado bastante al fútbol con él, antes de que se mudara a otro barrio que ya no estaba dentro del radar de su familia.
En los vaivenes del partido, como gesto de amistad, si se quiere, cada vez que Jôs quedó en posición para apuntar y esquinar un tiro, eligió dejar a Lüí lucirse. Un poco más débil de lo usual, no tan esquinado. Tuvo un mano a mano y a propósito no lo eludió. Sin embargo, cuando hubo cambio de golero, dejó de lado la piedad e hizo cinco goles en quince minutos. Dos eludiendo al golero, otro picándosela, y después dos golazos al ángulo desde afuera del área.
Habiendo terminado la selección de aspirante, para su nula sorpresa, había quedado. Puesto número uno, de hecho. El puesto número dos había ido para el lateral que no paraba de correr. Rôbé Wîjkár era su nombre, al parecer. Miró detenidamente la lista y, efectivamente, en el puesto diecinueve – el último – estaba ahí su ‘amigo’, Lüí Fîrò.
Este se le acercó medio a escondidas sobre el final para hablarle. “Jugás cada día mejor, eh, hijo de puta,” le dijo en tono amigable.
Jôs solo sonrió. “Pero me frenaste lo más bien. Al otro le hice cinco goles,” le contestó.
Lüí sacudió la cabeza riéndose un poco, se le acercó y le dijo bajito. “Tranqui, me di cuenta de que me las tiraste más fácil. Gracias, en serio.”
Jôs siguió fingiendo demencia. “No sé de qué hablás.”
“Después te lo compenso. Tengo contactos. Sé por dónde moverme para conseguir cosas. Después te cuento,” le comentó. Siguió después de una diminuta pausa. “Te la jugaste en serio, che. Gracias,” le dijo, chocándole los cinco. “Nos vemos en la práctica, entonces.”
Jôs asintió. “Nos vemos, cuidate.”
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Entrando al estadio, ya se hacía muy obvio cuál de los dos equipos tenía más experiencia. Los jugadores de Farfadillis tenían, en su mayoría, cara de otro día en la oficina. Él, por ejemplo, tenía cara de otro día en la misma oficina de mierda. Robineau tenía una mirada que le hacía acordar a la de su padre. Con un poco de suerte, no iba a morir de un balazo en la jeta a los cuarenta.
Los jugadores de HUElavia? Entendiblemente intimidados por la ocasión. Nunca habían pasado de fase, o eso había escuchado. Se los notaba más hambrientos también: los nervios no necesariamente hacen que uno juegue peor. Muchos jugadores los canalizan de buena manera. Pero de todas formas la diferencia era evidente.
La diferencia de calidad, solo en los papeles, era bastante evidente también. HUElavia no tenía ningún Robineau ni ningún Jáánsêlà. Ni siquiera a alguien como él. De vuelta, en los papeles. Eran aspirantes. Buscaban crearse su propio rinconcito de historia. Ya lo habían hecho, pero querían más.
Mirándolos, a Jôs lo invadió una sensación muy familiar. Tuvo que aguantarse el vómito.
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“Jôs, es jueves. Te toca hacer de verdugo!” Gritó su padre desde el sótano. Jôs odiaba visceralmente los jueves. Cada dos o tres semanas siempre tenía que matar a alguien. Todos ‘malos’, su padre le decía. Que hizo esto, que hizo lo otro. Siempre eran cosas espantosas. Ya no sabía a qué nivel creerle, pero si empezaba a cuestionarse mucho las cosas iba a enloquecer por completo.
“Quedé en Dí Maozöxê! Decile a Hürgàn que se encargue!” Gritó desinteresado, desde la cocina.
“Dale pelotudo a pedal, bajá que no tuviste ni tu primera práctica. Este es el último, pero que te toca, te toca,” le retrucó el padre. No le convenía contradecirlo. Las represalias que tomaba las pocas veces que se le plantaba… no eran lindas. Y eso que era su hijo.
“Voy,” respondió Jôs, desganado.
“Y para peor te toca un ruiseñor!” Gritó su padre, burlón.
Para Jôs fue un baldazo de agua fría. A días de liberarse, anhelaba, de toda esta putrefacción, por primera vez su padre – explícitamente, al menos – lo obligaba a matar un inocente.
Bajó las escaleras. Capaz iba a poder razonar con él. Capaz y por primera vez.
Si lo que gritó su padre fue un baldazo de agua fría, ver a Lüí atado de manos y piernas, arrodillado en el sótano fue un baldazo de agua glaciar. Lüí lo reconoció y empezó a tratar de gritar, todavía más desesperado.
Se paró frente a él. El padre le depositó la pistola en la mano. “Qué hizo?” Preguntó Jôs, buscando fingir calma.
“Se puso a vender acá a unas cuadras. Se ve que nadie lo avivó que acá vende la familia Sürréo nomás,” el padre respondió, orgulloso. Tenía una sonrisa de oreja a oreja que, bueno, realmente no ameritaba. Matar a un pendejo de catorce por una frivolidad era el tipo de cosa que no podía hacer seguido, y le encantaba. Jôs sabía bien eso de su padre.
Por primera vez en años, sintió su mano temblar al agarrar la pistola. Y si mataba a su padre? Estaba indefenso, no se lo esperaría. El resto de la familia lo mataría a él y a Lüí. Sería en vano, pero limpiaría al mundo de alguien como su padre. La otra opción era matar a Lüí a sangre fría y seguir con su plan de dedicarse al fútbol.
Pero su padre no le iba a dejar hacer eso, no? Era muy valioso. ‘Frânk’, pensó para adentro, sarcásticamente. Pensó en decirle que conocía a Lüí, pero no iba a cambiar nada. No le quedaba más que la tercera opción.
“Tené,” extendió la mano en dirección a su padre. “Lo hacés vos.”
“Es por el fútbol? Mirá que te lo puedo mandar todo a la mierda. Soy amigo de dirigentes del cuadro.” lo amenazó el padre.
“Ya sé, y no, no es por el fútbol. Es porque no se me da como a vos. Ya no me da más el alma para matar. Hacé lo que vos quieras, pero no voy a matar más.” Jôs le respondió.
“Te preciso en el negocio,” le respondió el padre, tajantemente. “Y te preciso dispuesto a todo. Inclusive a matar un amigo tuyo,” le agregó, revelando que la casualidad no era tal.
“Me precisás, pero no te sirvo. Si vuelvo a disparar una pistola, va a ser apuntando a mi sien. Te lo juro.”
Su padre lo miró a los ojos. Vio el vacío que había logrado plantar en la cara de su hijo. El cansancio. No estaba mintiendo. Ahora, realmente, solo le podía servir como futbolista.
“Bien,” contestó su padre. “Dedicate al fútbol entonces, pero más te vale que des buena plata, nene malcriado.
Jôs asintió. Su padre tomó la pistola de su mano y sin chistar regó los sesos de Lüí por el piso.
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Un partido agotador. HUElavia no había venido a jugar. Había venido a ganar. Lo habían dado todo, y hasta habían sido un poco mejores. Un poco de mala suerte acá, un poco de buena suerte allá, pero en el global era un partido que merecía ir al alargue, o inclusive que Farfadillis quedara eliminado.
Jôs no sabía exactamente cuánto quedaba, pero estaba bastante seguro que era casi la última jugada. El juez había agregado seis minutos. Ya habían pasado, más o menos, seis minutos. En la cancha siempre es difícil darse cuenta.
Le llegó un pase de Jáánsêlà. Sus oponentes retrocedieron al verlo acercarse al borde del área, excepto por uno que lo salió a marcar. Marca escalonada, como le habían hecho todo el partido. Si eludía a uno, le venía encima otro, y si lo eludía, otro más. Lo habían logrado anular por completo.
Su marcador se apuró. Fue muy previsible, un toquecito de la pelota, una finta mínima, y lo dejó pagando, desparramado en el piso. Con espacio para disparar, el central de ellos salió con todas a frenar el tiro. De vuelta, mucha desesparación, muy obvio. Hizo un amague y siguió de largo, hacia el borde del área. Estando ahí, encontró un rincón para disparar. La podía colgar del ángulo, tranquilo, sereno. Los partidos de fútbol, para bien o para mal, ya casi no lo movían. La presión cada vez le molestaba menos, para bien o para mal. Estaba podrido.
Podía rematar a HUElavia. Meter el gol, destruír las esperanzas de una nación entera. Podía, sí. Pero algo dentro de sí mismo le hizo tomar otra decisión en la milésima de segundo que le tomó reonocer la diagonal que estaba tirando Robineau.
Procedió a picar la pelota por sobre el segundo central. Le quedó a Robineau, a la altura de la cabeza, perfectamente colocada, para cabecear casi en el área chica, completamente solo. Robineau no perdona. Gol. Uno a cero. Clasificación.
Los jugadores de HUElavia… algunos se tiraron al piso, otros se agarraban el rostro, algún esperanzado trataba de arengar, cuando la realidad era que el juez apenas iba a dejar reanudar el juego. “Noventa y siete van,” le respondió el juez a uno de ellos. Era tiempo cumplido.
Mientras sus compañeros celebraban, las ganas de vomitar solo se hacían más fuertes. Algo, en algún rincón su alma, lo estaba desgarrando.





90+3’) - Mornington - Blackall (Faucett 106’) - Statton (Molineux 84’); Ryland (Milligan (
